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Desde la noche de los tiempos con Baco y el vino, la uva ha demostrado sus cualidades como antioxidante, y desde el punto de vista de la nutrición, la negra es mejor que la blanca. Se toma tal cual, como fruta, como vino o en forma de zumo sin fermentar (mosto). Aporta unas 70 calorías, es rica en glúcidos (fructosa, levulosa, sacarosa y dextrosa), fácilmente asimilables y bien tolerados, 0,5 g de proteínas y 0.2 de grasas, todo cada 100 g. Aporta 1 g de fibra (celulosa de la piel, pectina de la pulpa, lignina de las pepitas), es pobre en calcio (5 mg), hierro (0,3 mg), magnesio (7 mg), fósforo (20 mg) y rica en potasio (300 mg). Contiene menos vitamina C que los cítricos pero se asimila muy bien gracias a la presencia de bioflavonoides (antocianos, taninos...), que protegen los vasos sanguíneos previniendo la arteriosclerosis, refuerza las defensas orgánicas y la inmunidad y ayuda a combatir los radicales libres. Otro elemento importante de reciente descubrimiento es el resveratrol al que atribuyen propiedades antitumorales.

Cómo prevenir y curar con uvas

La presencia de las tres vitaminas antioxidantes (A, C y E) y su riqueza en taninos protectores, hacen que figure entre las llamadas frutas-salud y no tiene rival; es diurética y limpia los riñones y vías urinarias; activa el metabolismo de los hidratos de carbono; es energética y remineralizante; posee una ligera acción laxante y, por su acción antioxidante, es importante en la prevención cardiovascular. Las pepitas de la uva previenen la oxidación de las células frente a las enfermedades degenerativas.